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La Feria de las Crueldades

 


No sabría decir cómo llegué hasta aquí, más que explicar que una serie de hechos se concatenaron uno tras otro hasta traerme hasta donde me encuentro ahora... al punto de la perdición. Dice un refrán que "pueblo pequeño, infierno grande" y es allí donde me hallo precisamente, en una de esas pailas de infierno que se dan en llamar pueblo pequeño. 


En carnavales llegaba cada año una de esas ferias ambulantes, se instalaba en la calle de arriba, en las afueras del mercado, con sus caravanas desvencijadas, sus perros flacos, su carpa de circo remendada y sus payasos tristes. A mí no me gustaba asistir a un espectáculo tan lamentable pero aún así era inevitable enterarse de los pormenores del mismo pues estaba en boca de todos. 


Sin embargo este año habían añadido una novedad: Una rueda de la fortuna, con la pintura de sus tubos muy brillante, roja y amarilla. La feria abría al público al atardecer. En la "ŕueda" o "estrella" como también le decían, parpadeaban luces rojas con forma de corazones, los niños disfrazados junto a sus padres hacían largas filas para montarse en ella, aunque usaban las mascarillas no se podría decir que respetaran estrictamente el distanciamiento recomendado. Desde la altura se alcanzaba una vista panorámica del pueblito y sus montañas circundantes, seguro sería una fotografía estupenda, así que casi sin querer queriendo me fui acercando. 


A medida que caminaba por la angosta calle que conducía al mercado vi a una de mis vecinas y su niño pequeño entrar en una de las puertas, que permanecía abierta. No pude evitar la curiosidad de asomarme al interior, de donde emanaba una luz amarillenta, las paredes verde agua hacían ver el lugar como una sucia pecera, adentro era como una sala de espera con sillas adosadas a la pared. La muchacha me saludó y me hizo gesto con la mano para que entrara, aún con mis dudas fui hasta donde se encontraba, me dijo que esperaba ser atendida por el "doctor", aunque particularmente no me pareció muy salubre el ambiente. Sin que nadie saliera del "consultorio" ubicado en una segunda planta a la que se accedía por una escalera con baranda metálica, una voz nasal llamó: -Siguiente. 


La infeliz se sobresaltó en el asiento y exclamó: -¡Mi turno!-. Arrastrando por un brazo al niño que se retorcía llorando, entre amenazas susurradas a regañadientes y tropezones logró subir las escalerillas y desapareció tras la puerta que sólo se abrió brevemente para engullirla a ella y al pequeño. Entonces me vi sola en la habitación de abajo, observé cada vez más asqueada que en una esquina se apilaban un montón de trapos, ropa sucia, manchada, con los estampados descoloridos y muy desgastada, con olor a grasa, sudor y orines rancios. Las arcadas acudieron a mi garganta. Descubrí otra puertecilla bajo la escalera, pensando que sería un baño y al no poder contener más las náuseas la empujé con la rodilla para abrirla. No era un baño sino un depósito con estantes y un refrigerador. En las repisas frascos de vidrio contenían vísceras y diversos fetos flotando en líquidos viscosos. La puerta del refrigerador estaba entreabierta y pude ver un cerebro congelado sobre un helado charco de sangre y otras bolsas conteniendo carne. El horror se apoderó de mí superando el ansia de vomitar y salí a la calle desierta, totalmente descompuesta inhalé una profunda bocanada del aire fresco de la noche antes de colocarme nuevamente el tapabocas. 


Los pensamientos se aglutinaban en mi mente a toda velocidad tratando de procesar la información, interrogantes surgiendo sin cesar... ¿Por qué mi vecina había acudido a ese lugar? ¿Y aquel lugar sería una clínica clandestina de abortos? ¿Y los otros órganos? ¿Tráfico humano para transplantes? ¿Canibalismo? ¿Acaso la gente participaba voluntariamente en esa masacre? ¿Qué haría el supuesto doctor si se enteraba de que yo había visto su despensa? Con el estómago aún revuelto fui dando un paso tras otro y así seguí sin enterarme de nada hasta abordar la atracción mecánica. Otro vecino, el dueño de la posada, se subió a mi lado en el último momento. Me dijo con mirada risueña:

- ¡Parecemos un padre y su hija!


Yo asentí condescendiente y sardónica a la vez; el hombre parecía escrutarme minuciosamente haciendo más incómodo el momento. Al llegar a la parte superior saqué el teléfono de mi bolso y tomé la fotografía, en el horizonte aún se distinguían franjas encendidas, más arriba el cielo azul añil asomando las primeras estrellas sobre la silueta de la iglesia y el pueblo como un pesebre tendido a sus pies. Una postal muy turística, tal y como me la había imaginado.




Arte: Harkalya





Cantos de Sirena





Por: Koral García Delgado @harkalya y Jorge Carrerá


La luz del sol entrando por el pequeño espacio entre la cortina y el dintel de la ventana le dio directamente en los ojos, ella somnolienta los abre con lentitud, arruga el entrecejo… en su memoria aún frescas las imágenes de un mundo extraño, azul y líquido, resuenan, intenta recordar ese sueño recurrente, donde es "alguien", donde es reconocida, donde es regia.

Un bebé llora a su lado, ella lo toma en sus brazos y lo amamanta con el amor infinito de una madre, lo observa embelesada mientras alivia la turgencia de sus pechos; la mañana aunque soleada se siente fría, como todas las mañanas en esta urbe de ladrillo, en este laberinto miserable. Se levanta por fin y entre atender al niño, asearse y medio poner en orden la cama y la ropa para lavar en el lavadero comunal, revisa su bolso de mano y sale corriendo de su habitación de la pensión dejando la puerta bien cerrada.

-Seño Maltilde, Buenos días, dice con voz sonora.
-Mijita se le hizo tarde otra vez, muestre este muchacho para acá.
-Seño Matilde mañana le pago lo de la pieza, no se preocupe oyó?
-Bueno mijita, pero sin falta porque Rubén se molesta.

-Noo doña Matilde yo le cumplo, no le diga a don Ruben. Hasta luego doña Matilde.
-Bueno mija, venga temprano que este chino suyo da mucho trabajo.
-En la tarde nos vemos.
Miladys sale corriendo de la pensión a la estación del bus, al llegar las filas interminables como siempre, la gente abarrota la estación. Con parsimonia los pasajeros van entrando en los buses de manera desordenada, el roce con las otras personas, cuidar la cartera, el agobiante transporte público, entre empujones y pisotones logra acomodarse en un puesto libre de la parte de atrás del bus cuando éste comienza su lento transitar.

Los olores, el ambiente, el sonido rítmico del motor, hacen que cierre sus ojos. el sueño toma el control, su cerebro se desplaza al otro mundo. Otra vez a ese mundo azul hermoso, otra vez esa sensación de ser amada y respetada, plena...

Una pequeña joven de piel dorada en túnica blanca se le acerca con un ánfora.

-Mi señora, su baño está listo. 
 
-Voy, ¿qué ha pasado con los hipocampos del establo imperial? ¿Los lograron controlar?

-No lo sé, mi señora cuando usted llegó anoche estaban aún buscando las almejas para eso.

-Ahora que me acicale, vas a buscar al Comodoro Superior, que venga a mí.

-Sí, mi señora.

En el mismo momento en que se despoja de su vestimenta y se introduce en la tina humeante extendiendo su larga cola escamada en el agua tibia, el bus frena, Miladys choca la cabeza contra el cristal, su frente perlada en sudor, abre los ojos, toca sus pertenencias instintivamente, respira aliviada y mira hacia afuera tratando de ubicarse, aún falta una hora de viaje aproximadamente, vuelve a cerrar los ojos.

Quiere volver allí, al perfecto mundo amplio y azul, a su verdadero hogar, a Su Reino, pero esta vez no lo logra. Algo lo impide, algo simplemente no está bien. La tela áspera de la ropa del pasajero a su lado la incomoda. Su sudor es agrio, molesto, destila un rancio tufillo de alcohol, totalmente antónimo de ese lugar ahora inalcanzable, el hombre se explaya en el asiento invadiendo su espacio, la observa con lascivia y se relame los labios sonriendo vulgar. Con la mano izquierda disimuladamente él le toca la rodilla, ella se sobresalta, se acomoda la falda e intenta apartarse pero el tipo persiste, ella intenta arrinconarse pero el vaivén del bus ocasiona que las piernas se froten, lentamente el asco de Miladys se va transformando en rabia al percibir de reojo que el hombre tiene una erección, que ha introducido su otra mano en el bolsillo de su pantalón y casi con descaro se masturba aunque ella lo esquivara.

Nadie más parece percatarse o no les importa, quizás prefieren que sea ella quien lo sufra, quizas incluso disfruten con complicidad y morbo de su pequeña desgracia. La respiración del hombre se hace más agitada, Miladys revisa su cartera y su tacto la encuentra, la navaja plegable que hace tantos años le regaló su padre. Observa otra vez por la ventana, ya no falta tanto para su parada, se levanta y aprieta el botón que indica al chofer que se detenga. Una cuadra más y estará liberada.

El hombre le agarra una nalga, su corazón da un vuelco, cierra los ojos, piensa en su niño, piensa en el mundo azul, en el ánfora de aceites esenciales, en el jardín de algas, el bus frena y se detiene, Miladys finge tropezar cayendo de lleno sobre el troglodita y se afinca con una palma en su pecho y la otra mano en sus costillas, clavando hasta el fondo y retorciendo la cuchilla de la navaja, se acerca a su oído y le susurra "jo'eputa espero bien lo hayas gozado", rápidamente la pliega y envuelve en el pañuelo rojo con el que enfundaba el mango, se endereza y aparta, aferrando su cartera, abriéndose paso entre la gente hasta la puerta, con su voz cantarina de sirena entonando: "disculpe, con permiso, 'ñor por favor, con permisito, gracias", y así se baja del bus, con una sonrisa azorada, dejando allí al hombre sin aliento, con ojos desorbitados, sintiendo como escapan de él a la vez sin poder evitarlo su asesina, su semen y su sangre.




Arte: Harkalya 

Inolvidable navidad


 


Por: Koral García Delgado @harkalya 


Era 24 de diciembre, una fecha emotiva sin lugar a dudas, para muchos motivo de festejos y celebraciones pero para la doctora Yolanda era causa de desazón. Le había tocado estar de guardia en el Hospital esa noche, pero no era eso lo que le preocupaba, después de todo sus compañeros eran su segunda familia y una festividad con ellos hacía que fuera más llevadera la jornada, aún así su mente estaba en otra parte; junto a su bonita hija adolescente que lo pasaría donde los vecinos para no estar sola en casa. Sacó el teléfono celular del bolsillo de su bata, revisó el buzón, sólo felicitaciones de los familiares y amigos; ahora todos lejanos. Algunas enfermeras jugaban a las cartas en el cuarto del personal mientras en la cocina otras colaboraban con las cocineras e improvisaban un convite navideño con los aportes de cada uno ,más colaboraciones de familiares acompañantes de los pocos pacientes que dormían en el área de observación. Como decían por ahí: una "cena de traje".

Era un pueblo tranquilo, no se esperaba ninguna novedad, las grandes reuniones prohibidas por la pandemia, los comercios y licorerías cerrados desde temprano en la tarde, no habría peleas de borrachos en la calle, ni mujeres celosas desgreñándose con las mozas por culpa de sus maridos, no habría cornetas escupiendo regguetón a alto volumen en la madrugada; durante la cuarentena todo estaba como anestesiado, el ritmo de la vida ralentizado a su mínima expresión; no, no se esperaba que ocurriera una emergencia y mucho menos varias... eso es lo que tienen de curiosas las emergencias, nadie las espera, ni siquiera las personas capacitadas especialmente para afrontarlas... 

Cuando la ambulancia llegó sonando la sirena, rápidamente se estacionó, los diligentes rescatistas abrieron las compuertas y uno de ellos sacó la camilla, el corazón de la doctora dio un vuelco, lo que llamarían un pálpito, pero su impecable sentido del deber se impuso en el momento y se abstuvo de dar otra mirada a la pantalla que se encendía intermitente, en consonancia con las lucecitas del árbol navideño parpadeando en el pasillo, en consonancia con las luces giratorias del vehículo parpadeando en el estacionamiento.

El paciente masculino de 49 años sufrió crisis respiratoria dice la ficha de traslado, que los familiares ya vienen en camino desde otra ciudad, que nadie lo acompaña, que pidió ayuda por teléfono le informa el paramédico mientras ella rellena el formulario correspondiente como jefa de la guardia. Un tipo joven, pensó, bien parecido, de complexión atlética. Entrega la planilla firmada, observa el reloj de pared, hora de ingreso: 11:11 pm. "La hora mágica" pensó, para inmediatamente autocensurarse desde su más científica racionalidad. "¿Qué dirían de su sanidad mental si supieran que no sólo oía múltiples voces en su cabeza sino que además vivían peleándose entre sí la mayor parte del tiempo?". La autocensura también evaporó ese pensamiento antes de que se desatara el interminable diálogo interno y se concentró en dirigir y supervisar los procedimientos del ingreso. "Dios, cómo detesto ese lenguaje administrativo, impersonal, burocrático, mecánico", suspiró para sí. Cuando estabilizaron al hombre se reunieron en el comedor y compartieron, incluso apareció una botella de sangría para mejorar los ánimos con un brindis -¡Por la Esperanza, la que nunca muere! - dijo un joven pasante -¡Salud! Por la Esperanza! Por la Navidad! Por el Niño Jesús! Por la Familia! Por todo, por nada, siguieron brindando hasta pasada la medianoche. Cuando los familiares de "Nené" llegaron en la mañana siguiente él ya no estaba en este mundo. El equipo médico se observaba culpable. No se atrevían a mirar a los padres a los ojos, nadie explicó, se hizo lo máximo posible dijeron y los ojos rojos y vidriosos parecían llorar, parecían condolerse, parecían compungidos, no beodos, Nené tenía cáncer, era normal que colapsara, los señores se alegraban de que al menos no hubiera muerto solo decían y la culpa se atascaba en alguna garganta que se retiraba discretamente a evacuar sus excesos. 

En la madrugada ingresó otra paciente, femenina de 72 años. Un infarto durante el traslado. Nada que hacer más allá del ingreso en la morgue y el papeleo. Nada que hacer con la hija y el nieto que lloraban desconsolados en la sala de espera. Nada que hacer hasta que volvieran a incorporarse el lunes siguiente los de las autopsias y se coordinara con las crematorias para proceder con el cadáver. La occisa. Qué fea palabra. Quizás debió haber sido poeta o artista, o cantante, bailarina, empresaria, no sé, cualquier cosa y no dedicarse a la medicina. No dedicarse a esta frialdad de quirófano que se va colando en el alma, no dedicarse a esta esterilidad de instrumentos que extirpa los sueños para desecharlos entre gasas, algodones y jeringas usadas. Sus ojos se llenaron de lágrimas, Yolanda terminó su guardia con un peso en el pecho, se duchó y cambió en el baño del hospital y regresó a su casa. Cuando abrió la puerta, su preciosa hija colgaba girando como una bambalina en el medio de la sala. El grito desgarrador se confundió con el canto de los gallos.



Arte: Harkalya 

El Mapa de Lola

 


 


Por: Koral García Delgado @harkalya 

“La sonrisa es la llave mágica para muchos cofres herméticos” 

Hola, me llamo Goti, soy un tritón y tengo muchos amigos en todas partes del mundo, pero mis aguas preferidas son las del Mar de Barentz, donde resido. La historia que referiré ocurrió muy lejos de aquí, en cálidas aguas tropicales, pero es fidedigna, pues la supe de uno de los descendientes de su protagonista.

Lola Concha era una muchacha de buena familia, de ascendencia mantuana, pero a ella las convenciones sociales no se le daban muy bien que dijéramos. Su nombre de bautismo era Dolores Concepción, pero su trato era tan espontáneo y desenfadado que todos, hasta sus muy cristianos padres  la llamaban por su apócope. Siempre se mostró muy despierta y vivaracha, quizás incluso más de lo conveniente; a temprana edad se interesó en los comercios de su padre y trabó amistad con toda clase de personas en el puerto.

Este comportamiento no tardó en ser mal visto por las comadronas del pueblo, pero Lola Concha lejos de someterse a los cánones aceptados para las señoritas, se volvió cada vez más desafiante: Se cortó y tiñó el cabello, enfundó pantalones y mascó tabaco. La madre estaba horrorizada, pero su padre se divertía con sus ocurrencias y decía que Lola era como un hijo varón. No obstante sus extravagantes maneras, Lola Concha era una joven muy agraciada, de fino talle, cabello castaño y ojos grises claros y profundos.

Tales dones le ganaron la simpatía de muchos viajeros que competían por su amor y constantemente la obsequiaban con presentes de tierras remotas y hasta reliquias familiares. Lola aceptaba los regalos con cortesía sin demostrar preferencia por algún pretendiente. Al despuntar la mayoría de edad su tesoro secreto era considerable, pero la discreción en los lujos que se permitía la familia no despertaba sospechas de los valores acumulados.

Perlas de diversos tonos, formas y tamaños, piedras preciosas y cristales variados, lencerías de seda, tejidos tradicionales, collares, cadenas, anillos, dijes, brazaletes, relojes, pulseras, manuscritos antiguos, cartas de navegación, títulos de propiedades… La colección de Lola Concha era de lo más variopinta. Grandes baúles ocupaban más de la mitad de su habitación.

Así fue que un día, ayudada por su padre, Lola adquirió una embarcación y llevándose su caudal partió a recorrer el mundo. Tres de sus primos se enrolaron en su tripulación y también un tímido muchacho llamado Jesús, hijo de unos artesanos franceses que vivían en las afueras. Llevaban también cargamento de mercancías consistente en productos y frutos de las regiones tropicales, tan apreciados por los conocedores sibaritas del viejo continente.

Donde quiera que hacían tierra el carisma y la belleza de Lola Concha despertaban admiración, cosechando tributos de los galanes, tanto mozos como maduros, pero el corazón de la joven parecía estar cerrado por un sortilegio.

Tras un par de años Lola volvió a su tierra natal, reportó prósperos dividendos a su padre y trajo muchas finezas de tierras lejanas con las cuales comerciar con grande ganancia, garantizando estabilidad con su retorno. ¡Sus padres lloraban de contento!

Otra noticia los alegró aún más: Lola estaba encinta. Solicitaba su bendición para contraer nupcias con el buen Jesús, de quien se había enamorado durante la travesía. La celebración de la boda fue íntima y sencilla. Lola y Jesús mantuvieron activos los negocios familiares, fueron los progenitores de una numerosa prole con larga descendencia y murieron tranquilos al cabo de una longeva existencia.

Nada sabían sus hijos y nietos de las aventuras que unieran a esta pareja en su viaje inicial ni de la fortuna que la pintoresca “Mamá Lola” – como solían llamarla los nietos- reuniera gracias a su belleza.

Sólo conocieron el secreto una noche de Navidad, al abrir un baúl que siempre estuviera bajo llave; junto a documentos, joyas, armas y retratos, la bitácora y el mapa de la Capitana Lola Concha surgían del fondo doble. Los cinco navegantes habían guardado silencio absoluto sobre los pormenores de aquel viaje y aunque navegaron muchas veces más a  lo largo de su vida nunca experimentaron nada igual.

La familia no podía creer en los relatos de fábula que la delicada caligrafía de Mamá Lola construía para ellos. Después de mucho deliberar cinco de los nietos se armaron de valor y se hicieron al mar con el mapa y la bitácora como guías, dispuestos a encontrar el escondite de su legado secreto, el tesoro de la Capitana Lola Concha, bucanera encantadora que asoló el Caribe durante dos años burlando todas las autoridades.



Arte: Harkalya
Este relato también lo puedes leer en Wattpad 

Primavera eterna


Por: Koral García Delgado (@harkalya) y Oswaldo Osorio Regalado.



El teléfono repicó, el número en la pantalla era desconocido, descartó la llamada y siguió manejando. La lluvia azotaba el exterior de la camioneta mientras los enclenques brazos del limpiaparabrisas luchaban por despejar la catarata que resbalaba por el vidrio frontal.

Encendió la radio y sus dedos se deslizaron en el tunning... Todas las voces le resultaban molestas, empeoraban el pitico del oído, ése que no se quitaba con nada, ése que al rato le provocaría una migraña. "Tinnitus", había dicho la doctora, que era muy normal, dijo. Agrego yo que muy ladilla más bien. Que era "una especie de fatiga auditiva por exposición continua y prolongada a ruidos fuertes" ¿o sería el cansancio ante tanta habladera de paja que le deja a uno ese zumbido, latente aviso de estar fuera de servicio? La voz de la doctora era empalagosa y el pitico aludido la distorsionaba desagradablemente, incluso ahora dentro de su cabeza.

Su barriga dejó escuchar un gruñido, tenía hambre, no había almorzado, estuvo ocupado todo el día revisando los pedidos y atendiendo llamadas de clientes. Le iba bien, era innegable, un triunfador. Había logrado de todo en la vida, nadie dudaría de su éxito. Pero el vacío seguía allí cada noche, al borde del insomnio, escondido detrás de cada recuerdo de efímera felicidad. 

A estas alturas del clima y del día no le quedaba tolerancia para el desatino de las opiniones ajenas y no le gustó ninguna de las cacofonías vulgares que de un tiempo para acá sustituían a la verdadera música, así que pulsó el menú en el panel frontal del reproductor y eligió algo de sus listas. Un rock sinfónico, instrumental, con largas descargas de guitarra eléctrica y una armónica estridencia. No pudo evitarlo. Pensó en ella. 

Sólo ella lo había amado de esa manera. Le había dicho "soñador", las demás lo habían llamado de muchas formas: loco, aventurero, mediocre, mentiroso, estafador, infantil, ridículo... "incomprendido" las resumiría mejor. 

*Ella ¿Cómo lo supo? ¿Porque perdí el control? Y cómo no perder el control cuando se aproximaba con el cabello revuelto, violenta, queriendo asustarme como en una película de terror, acechándome como a un conejo, leona hambrienta de pasión... y yo rogando divertido -No me muerdas duro, por favor, soy de piel sensible así como también en mi corazón. Guarda el secreto, mi amor...*

El semáforo cambia. Se lo informa 春季女王 (Chūnjí Nûwáng), su amable asistente virtual. Su rostro asiático es una sobria compañía, nunca lo juzga, no chismosea, sólo habla para informarle puntualmente y asiente con tranquilidad cuando le ordena alguna tarea. No se queja cuando apaga el modo holográfico y la obliga a desaparecer de su identidad gráfica para sumergirse en el caos de datos y circuitos. Pero a veces, como hoy, le parece que observara los ríos de lluvia con algo como la melancolía. El vendedor le había recomendado tanto el programa, lo mejor del fabricante en materia de inteligencia artificial, su nombre significaba "Reina de la Primavera". No se pudo resistir a semejante configuración. 

¿Dónde estará ahora? ¿Qué estará haciendo? ¿Reposando en otros brazos sin aliento? Eso se inventa y el cliché lo lastima, pero poco le importa el sufrimiento ante esa ventana de amor puro y sincero que no se desvanece con el tiempo. La piensa descalza, al ritmo de esa canción y vuelve a perder el control, su frecuencia cardíaca aumenta, observa el retrovisor, el reflejo de su piel cromada juega con la luz en un tono de lava incandescente, el fuego que fluye en su sangre intensamente. 

El timbre del teléfono repica otra vez. ¿Será ella? No, no es. Si no es para ti no estoy para nadie. Sigo soñando, no puedo evitarlo, el mundo indolente en movimiento es un tormento. Presiono el acelerador. La primavera tropical es un pichaque. Me estrello. El caleidoscopio de flores rojas girando, cayendo, amapolas descomponiéndose en fugaces imágenes. Desenfreno. Te pienso despierto, si no te tengo no valió la pena este momento. Mi mirada perdida en la expresión serena de mi acompañante. No. En realidad, estoy solo. Qué desperdicio de creatividad. Estoy perdido, totalmente, quedé atrapado en una primavera eterna. 


Arte: Harkalya

P.D. Este relato forma parte de mi historia CRÓNICAS DE ONYRIA/ CUADERNOS BAJO LA ALMOHADA en Wattpad 

Sobre Sketch Fest y la ética

Ha pasado mucho tiempo desde que actualicé por aquí... Prometo que pronto me pongo al día con todo lo que he estado haciendo este último año... Por el momento dejo esta breve reflexión... desde el arte de vivir... 

Como ya comenté en algún post anterior, desde febrero de 2013 he participado en un evento mensual llamado “Sketch Fest”, de la página Ellen Million Graphics, es un divertido intercambio de inspiración con artistas alrededor del mundo durante 48 horas, como una gran fiesta donde nuestras almas bailan sobre papeles, lienzos o soportes virtuales al son de lápices, acuarelas, tintas, lapiceros o cualquier medio que los participantes consideren adecuado en el momento de expresar su creatividad… la única condición para cada pieza es utilizar un máximo de una hora en realizarla y que haya sido hecha durante el festival, para una de las “claves” que los otros participantes han colocado. 

Ahora bien, este al parecer simple y pequeño compromiso me ha permitido desarrollar una interesante reflexión sobre lo que hace estar muy mal a mi país y quizás también al mundo… (-¿por qué? Dirán muchos - ¿te la fumaste verde?, si eh caraj’…) y es la simple falta de ética, de una ética más allá del temor a Dios, a las leyes, los pacos o lo que sea… y es que cuando mis conocidos, compatriotas, rojos o azules y blancos y amarillos y verdes y morados se enteran de mi participación en Sketch Fest y las condiciones y tal, la pregunta sine qua non de la mayoría –por no decir todos- es ¿Y cómo sabe esa gente si tú en verdad hiciste el dibujo durante el festival y en menos de una hora? ¿o si de verdad usaste una clave y no metiste algo listo que “encajara” con el tema? ¿Tienes que tomarle foto con un celular que muestre la fecha y reloj? Y así por el estilo, cuando les explico que nadie comprueba nada, que de eso se trata el acuerdo del artista participante, etc, las respuestas suelen ser risitas cínicas o caras anonadadas y rápidos cambios de tema… 

No lo entiendo de verdad, pero es que en mi caso la integridad no es una elección sino una determinante, me explico, ¿para qué mentirle al Sketch Fest? si quiero dibujar cualquier tema que esté en mi mente, lo puedo dibujar en cualquier momento del mes, y si deseo hacerlo durante el festival, pues coloco mi tema entre las otras claves y lo escojo, aunque particularmente encuentro mucho más interesante tomar las claves de los otros artistas y coleccionistas como punto de partida y desde ahí desarrollar mis ideas pendientes o los temas de los otros colectivos en los que participo… con respecto al tiempo, igualmente durante el resto del mes puedo tardarme lo que se me antoje mi real gana en hacer un dibujo, nadie me está presionando más que yo misma y el SF, como su nombre indica, es para improvisar “bocetos”, que asimismo puedo terminar durante el mes con toda la calma y la paciencia que la pieza y su medio requieran –o su comprador-, entonces, ¿qué puedo ganar mostrando algo que no haya hecho dentro del marco del SF del mes? ¿Qué puedo ganar diciendo que un dibujo me tomó x tiempo sino el que realmente me tomó? ¿Cuál puede ser la ganancia además de acelerar mi capacidad de “captar” la esencia de eso que quiero plasmar, de llegar al máximo de lo que puedo alcanzar en una hora, o por el contrario, de utilizar la mínima fracción de tiempo para la máxima expresión plástica y así multiplicar el total de piezas para terminar? Si consideramos que una de las partes más arduas del quehacer artísticos es la inspiración y consideramos el SF como un manantial o hervidero mensual de musa, los bocetos son como pequeñas botellitas de donde nutrir la sed durante el resto del mes… 

Por eso no entiendo las preguntas de mis paisanos, sobre ese pequeño contrato basado en el honor que requiere el SF, yo siempre lo comento, cuando me preguntan sobre mis obras realizadas en el festival, esperando que alguien suelte comentarios más inteligentes, o quizás estadísticos, como ¿Y de cuántos –o cuáles- países son los participantes? ¿Cuántas obras hacen los otros artistas cada mes? ¿Cuáles son los temas? O algo así, más del contenido que de la “cláusula”… No sé, quizás es que estamos demasiado asfixiados por la mediocridad o es que allá en mi dimensión de origen las cosas funcionan de manera muy diferente, pero realmente no entiendo esa nece(-si-)dad humana de aparentar lo que no es, de defraudar… Muchas veces pienso en el arte como en la vida y si evalúo mi evolución durante los últimos dos-tres años como artista creo que he dado un salto cuántico sobre las obras de toda la década anterior. Creo que ese dar y recibir que practicamos en el arte serían una agradable parábola de la vida en sociedad, todos dando y recibiendo, entregando honestamente, sintiendo la satisfacción por la labor cumplida más allá de cualquier otro beneficio, ah qué utópico, cuando en realidad siento perdida mi fe en la raza humana… no sé, no sé… 

Quizás es sólo que debido a mi falta de conectividad me he perdido un par -o trío- de meses de festival y estoy un poco desconsolada, pues con el SF he sido capaz de alcanzar una soltura impresionante, aumentando la cantidad y calidad de mis dibujos; gracias a la variedad de artistas y temas siento que mi imaginario se ha enriquecido, expandiendo las fronteras de mis fantasías y permitiéndome articular mi universo onírico al encontrar estímulo y receptividad. Dado que el tiempo es mi recurso más valioso y limitado debido al gran número de actividades en que estoy involucrada, optimizar mi tiempo de arte es algo que nunca podré agradecer suficientemente a esta gran musa y mecenas, Ellen Million, que desde la fría Alaska hace posible estos encuentros. 

Cualquier persona, sin importar su nivel de habilidad, con deseos de “descargar” creativamente en un jam con personas de cualquier parte del mundo puede participar en el Sketch Fest, el registro en el sitio no es obligatorio, pero ya saben, sí lo es la promesa de un corazón puro… ajajajaja qué cursi suena, ¿verdad? Qué época terrible!!! ;)

"Hum y Hada" para la clave "hummingbird and fairy" por Mayumi Ogihara en SF #52

"Unicornio Escondido" (prompt: unicorn hiding) pertenece a mi serie del Reino de Onyria,
Sección: Hitoria de Amor del Unicornio, también del SF#52

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